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Inicio (II) • George Ruiz
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Inicio (II)

Inicio (II)

La madera crujía bajo las firmes pisadas del capitán hacia la bodega. A falta de un par de escalones, se detuvo, paseó con la mirada de izquierda a derecha guiado por la pobre iluminación de la estancia. Suspiró y se sentó. Apoyó sus antebrazos sobre sus rodillas y agachó la cabeza antes de decir:

— Litz… Sal de donde estés.

El sonido de sus palabras y su voz profunda, que denotaba un claro agotamiento, viajaron a través de la bodega sin encontrar nada más allá del silencio que reinaba anteriormente.

— Litz, no quiero tener que repetirlo…

El resultado fue el mismo: silencio. Suspiró, se puso en pie y, pese a la luz del día que aún se filtraba, cogió una de las lámparas que había colgadas en un lateral. Bajó esos peldaños que le faltaban y se dirigió decidido a uno de los barriles, pasó ligeramente la mano por arriba y lo abrió rápidamente. No había nada en su interior. Demasiado fácil.

Se giró pensativo, observó que la puerta del pequeño calabozo que había en el barco estaba abierta y caminó hacia ella. Se movía con sumo cuidado y no dejaba de mirar hacia los lados, tratando de captar cada detalle, como si algo se le escapase. Al llegar a la puerta, tocó el metal y pudo comprobar que la cerradura había sido forzada. No de manera tosca, sino de manera sutil, tal y como lo haría un ladrón de guante blanco. Comenzó a inquietarse al ver que su interior también estaba vacío.

Volvió a cerrar la puerta y golpeó con los nudillos el barril más cercano que tenía, por el sonido estaba lleno. Repitió el mismo gesto con cada uno de los barriles que había en la bodega. Los que estaban huecos, los abría. Al ser un viaje de varios días, la mayoría estaban vacíos, lo que hizo que la tarea se complicase. Al terminar con los barriles, continuó mirando tras la escalera, en el hueco que había tras la misma y en los pocos resquicios de la estancia en los que no se veía nada. Finalmente, volvió a la escalera, se quedó de pie mirando al final de la sala y dijo:

— Me rendiría —volvió a sentarse al pie de las escaleras—, pero sé que estás en las redes de carga que hay junto al calabozo y, por favor, no me hagas ir a sacarte de allí.

Se oyeron varios crujidos y el capitán vio una silueta deslizarse entre las sombras hasta que esta alcanzó la luz del atardecer.

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GeorgeRuiz
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