Menú
El día que paré en el camino • George Ruiz
18194
post-template-default,single,single-post,postid-18194,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,side_area_uncovered_from_content,vss_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive
 

El día que paré en el camino

El día que paré en el camino

Alarma. Empieza, sin importar la voluntad, una nueva jornada. Acaba de salir de la ducha y ya está pensando en el final del día. Encadenado trabaja de sol a sol, para quedar apresado por el sueño de noche. Está amaestrado desde hace tiempo, ya no se queja. Aprendió ya la lección: “cuando no sirves, sirve”.

Emprendió la titánica tarea de escribir un diario, pensó que lo haría justo después de cenar y antes de ir a dormir. Duró un día en su afán, no por falta de empeño, sino porque justo al terminar de redactar, leyó y pensó que había acabado de escribir los últimos 3 años de su vida y que a saber cuántos más del futuro.

Ese día se levantó entre sudores fríos y malestar, hacía mucho que no enfermaba. Supuso que sería la gripe, varios en el trabajo la tenían y el contagio era más que probable. No pasaría ese día por la ducha matinal, hacía frío fuera y en su estado prefería el café caliente y, si hubiese sido posible, no salir.

Salió de casa abrigado. El camino hasta la fábrica nunca se le había hecho tan largo como ese día. Miró con pesadez febril cada cruce, cada calle, cada nueva cara con la que cruzaba la vista o los primeros rayos del alba. Se detuvo, lo hizo porque nunca había reparado en esos detalles que pasaban por delante de él cada puto día.

Volvió a casa, recogió lo indispensable: algo de ropa, comida, un par de libros… Con las prisas tuvo que volver a rehacer la mochila, el desorden y el aprovechamiento del espacio no tienen buena relación. La comida tarde o temprano se le agotaría, así que cogió su caña de pescar también y se iría al sur, a las montañas.

Todo iba muy rápido, ahora si que hubiese merecido la pena tener un diario. El calor era tan sofocante en las montañas que se había tirado al río, aunque no llevaba bañador y acabaría con la ropa empapada. Se sentía agotado, no paraba de nadar para llegar a la otra orilla. Un sonido atronador salió de los árboles directo hacia él, era… ¿un camión?

Sobresaltado miró a su alrededor. Estaba en la puerta del trabajo, con una compañera que lo agarraba del brazo mirándolo estupefacta. El camionero no paraba de gritarle, le quedaban horas hasta cruzar la frontera mexicana para entregar el producto. Para todos allí cada minuto era oro que, sin servir a nadie, sirve.

Hasta aquí el mini relato de hoy. A modo de sorteo me había tocado un drama-realista y pausado, con 7 párrafos y 4 líneas por párrafo de Word. Las palabras que aleatoriamente he tenido que usar han sido: amaestrado, diario, fiebre, fábrica, caña, bañador y mexicana. ¡Gracias por leerme! y ya que has llegado hasta aquí me gustaría que libremente me des tu opinión, buena o mala por el medio que desees (palomas mensajeras no, que tengo las ventanas cerradas).

GeorgeRuiz
jorgerp13@gmail.com
3 Comments
  • Maria del Carmen Pino
    Posted at 16:32h, 21 mayo Responder

    Que bonito escribes me ha gustado mucho

  • Nacho
    Posted at 12:37h, 22 mayo Responder

    Espectacular. Y buenísimo el escoger palabras y estilos aleatoriamente. Siga así

  • Issbel
    Posted at 19:52h, 22 mayo Responder

    Lo más bonito de esta vida tan rutinaria es soñar.
    Y hoy tú con este relato me has hecho no olvidar mis sueños. Muy bueno

Post A Comment